"La vida es muy traicionera, y cada uno se las ingenia como puede para mantener a raya el horror, la tristeza y la soledad. Yo lo hago con mis libros" (A.P.R.)
Tengo mucha suerte. Vivo con la casi completa seguridad de que mientras me queden libros por leer y releer, no me pegaré un tiro en la boca, ni me colgaré de una viga, ni saquearé la farmacia de mi padre, sueño de todo yonqui que se precie.
Por eso me meto en estas mierdas de carreras -en plural- y tengo estos problemas: por amor. No nos confundamos; el papel se digiere mal. Pero quien no sepa ver en las tapas de un libro la esperanza, el alivio, el conocimiento y, por qué no decirlo, la cura al menos temporal que nos rescata de esta mierda de vida que llevamos, no se merece otra cosa que llevar una existencia pobre, mediocre, desesperanzada y gris.
Siempre que me doy la vuelta están. Esperando, callados y expectantes, a que se me ocurra cogerlos, a que los necesite como ayer, a que me lleven entera a pueblos que no he conquistado, a honores que he sentido y a lugares que aunque no conozca, amo.
Porque me permiten sacar fuerzas -más bien, inventarlas- porque me permiten soñar y volver a soñar, porque sentir su peso en mi hombro me hace obviar el que cargo a diario, porque me convierten en una mercenaria de las letras, me reencarnan en el capitalismo egoísta de las historias que siento como mías como una vieja avara atesorando personajes, porque me permiten mirarte por encima de las gafas, ajena a este mundo que no conoce ni respeta nada, y que con frecuencia sólo espera a que te levantes para volver a arrastrarte.
Porque el sólo tacto del papel me reconcilia con el mundo, porque me permiten verme a mí y a los demás desde otros puntos de vista, porque me convierten en cómplice de ti y de mí y de cientos de personas anónimas como yo, porque pueden crear un vínculo tan fuerte como la amistad o como la muerte.
Porque cuando los necesitas, nunca fallan.
Joaquín Sabina.- No permita la Virgen.
Tengo mucha suerte. Vivo con la casi completa seguridad de que mientras me queden libros por leer y releer, no me pegaré un tiro en la boca, ni me colgaré de una viga, ni saquearé la farmacia de mi padre, sueño de todo yonqui que se precie.
Por eso me meto en estas mierdas de carreras -en plural- y tengo estos problemas: por amor. No nos confundamos; el papel se digiere mal. Pero quien no sepa ver en las tapas de un libro la esperanza, el alivio, el conocimiento y, por qué no decirlo, la cura al menos temporal que nos rescata de esta mierda de vida que llevamos, no se merece otra cosa que llevar una existencia pobre, mediocre, desesperanzada y gris.
Siempre que me doy la vuelta están. Esperando, callados y expectantes, a que se me ocurra cogerlos, a que los necesite como ayer, a que me lleven entera a pueblos que no he conquistado, a honores que he sentido y a lugares que aunque no conozca, amo.
Porque me permiten sacar fuerzas -más bien, inventarlas- porque me permiten soñar y volver a soñar, porque sentir su peso en mi hombro me hace obviar el que cargo a diario, porque me convierten en una mercenaria de las letras, me reencarnan en el capitalismo egoísta de las historias que siento como mías como una vieja avara atesorando personajes, porque me permiten mirarte por encima de las gafas, ajena a este mundo que no conoce ni respeta nada, y que con frecuencia sólo espera a que te levantes para volver a arrastrarte.
Porque cuando los necesitas, nunca fallan.
Joaquín Sabina.- No permita la Virgen.

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